julio 9, 2012

SAMBANGOLÉ

Frente a la tumba de los tambores, en una choza oscura en medio de la manigua, con olor a tierra húmeda y tropical, la voz cascada y añeja de la negra pitonisa dueña de los cantos, susurró a mi oído: “Sambangolé, es el camino a otro mundo y mientras caminan a lo desconocido, yo los arrullo con mi voz callada, la danza del humo del tabaco y un lloriqueo tenue”

Afuera, las bandolas, tiples y guitarras se mezclan inexplicablemente,  con la marímbula de José Valdés y el sonido de los tambores que habían sido negados durante muchos años, cómplices inocentes del comienzo de un camino nuevo hacia un sitio viejo o al revés.

Cuando desperté, varios años después, comprendí que por fin todo había cambiado, que sin entender cuál era mi destino, Sambangolé quizás confabulado con Morfeo y los últimos adelantos de la tecnología moderna, trajo a mis sueños, como en sueños, la banda sonora de una película cuyas imágenes irían siendo creadas por cada oyente.

Entre sueños y ensoñaciones propias y ajenas, se fueron revelando cada una de las notas escenas: Benigni  apareció dando tumbos entre cebollas, con su traje de mangas muy largas y su risa estrepitosa, tarareo una melodía conocida, y en su único momento aparentemente serio dijo: Así de simple Benigni en Aquitania, ahora solo comienza”  y se marcho dando tumbos entre ovejas, cebollas y agua fría.

Sonidos de la memoria cantados por mi madre  y entre cuentos bailados por mi bisabuela, sonidos que sostuvieron durante años a un pueblo que quizás nunca existió, se fueron encontrando con otros más, de aquí, de allá, sonidos de Loango, que también apareció como en sueños mientras un elefante jugaba en la playa, de una visita a Santa Verónica, del amor profundo que nunca fue, de una ceremonia en una garganta negra como la cuevas de Ajanta, de un viaje a Croacia, de un abrazo chileno, de un cuerpo mirando al vacio de su alma, de un gran monstruo que siendo domado aun intenta devorarme, sonidos de mi Suramérica llena de vida y pobreza, sonidos de la escena del bar que seguramente es del gusto del Abuelo Arsenio, sonidos de corazones de todo el mundo que abrazaron este camino poniendo en él su sentir y sabiduría, en este sueño que se volvió película, que se convirtió en la banda sonora de muchos sueños.

Eso es Sambangolé, gracias por tenerlo en sus manos y en sus oídos.

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